lunes, 22 de diciembre de 2014

EJEMPLAR RESTAURACIÓN DE UNA CASA COLONIAL (PRIMERA PARTE)

 

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  Mi último proyecto de restauración, el que he considerado más completo, lo constituye la edificación colonial que interviniera hace quince años, con el propósito de adaptarla para nuestra residencia. Ya antes, en 1969, había restaurado otra en la calle Padre Billini No.15, que aunque puse, igualmente, toda mi pasión, y mis limitados conocimientos y experiencia, los recursos económicos con que contaba no eran los mismos, ni tampoco lo era la edificación.
De esta manera traté siempre de poner en práctica lo que he estado predicando durante más de medio siglo.
 
La casa en cuestión se encuentra en la calle Arzobispo Meriño No. 263, casi a esquina Las Mercedes. Pertenecía a una familia que hasta aquel entonces se había reservado el derecho de no vender ninguna de sus propiedades. Su apariencia, tanto exterior como interior, dejaba mucho que desear, y solo unos ojos dotados de una visión privilegiada, podían darse cuenta de lo que había detrás del viejo recubrimiento, muy deteriorado, tal como muestran las fotografías.
El primer paso que hube de dar fue la reconstrucción del techo de la primera crujía, al que se le había desprendido una parte. Por suerte, todas las vigas, incluyendo las que se habían desprendido, se encontraban en condiciones de ser vueltas a utilizar.

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Intrigado con lo que habríamos de encontrar debajo del camuflaje que le habían puesto en épocas pretéritas, y ya resuelto el desastroso derrumbe del techo, que precisamente pendía, de un lado, del muro frontal de la casa, a continuación me concentré en la fachada, que para confirmar mi presunción resultó toda de sillería. En una palabra, tal y como fueron las primeras edificaciones que se construyeron en Santo Domingo en el siglo XVI. Todos los vanos habían sido modificados con la idea de “modernizarla”, siguiendo la costumbre de principios del siglo XX. Un balcón corrido, de madera, fue agregado, de la misma manera que se hiciera durante el Siglo XIX en casi todas las edificaciones existentes en el centro histórico santodominguense. Elemento este que tenía algún tiempo de haber desaparecido, producto de la embestida que recibiera de un camión, que lo derribó totalmente. El rompecabezas fue resuelto, volviéndose a destapar los vanos cegados, y cerrando con el mismo material pétreo los que habían sido abiertos.
 
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El portal de entrada fue recompuesto, totalmente, gracias a los abundantes elementos que quedaron después de la “modernización” de que fuera objeto.
 
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El único detalle mantenido tal cual llegó hasta nuestros días fue la cornisa de ladrillo, que sustituyó la de piedra, que fuera víctima de los incendios a que fueron sometidas la mayoría de las casas de Santo Domingo, durante la despiadada invasión del corsario inglés Francis Drake en 1586. Evitando así, que toda la fachada volviera a lucir su antiguo esplendor.
 
Otros de los elementos más importantes de la edificación lo constituyó la fachada posterior del cuerpo principal de la casa. Ya desde que visité las personas que vivían en la segunda planta (la primera estaba desocupada y clausurada), pude percatarme de lo que había detrás del pañete decimonónico que cubría la pared que da al patio central. Una arcada, compuesta por dos arcos y columna central, se dejaba entrever de forma discreta, de lo que nadie se había percatado antes. En ese momento, parado frente a la misma me dije: “esta casa ha de ser mía”. Como de hecho sucedió.
 
Al tiempo que trabajaba la fachada frontal iniciamos los trabajos en la fachada contrapuesta. Resultando lo que esperaba, aunque no en la magnitud de lo que apareció. Dos arcos de piedra sostenidos por una columna central fue, indudablemente, la sorpresa más grande. A diferencia de las demás columnas encontradas en restauraciones anteriores, todas de sección circular, la que acabábamos de encontrar es de sección octogonal, u ochavada. Similar a algunas que he visto en Extremadura, España.
 
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Mientras interveníamos ambas fachadas, pasamos a investigar la fachada del anexo construido del otro lado del patio, frente a la arcada del cuerpo principal, que resultó ser, igualmente de piedra, y muy poco modificada.
 
 
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Ese fue el momento en el que me dije: “aquí está la compensación emocional que necesitaba”. Culminaba, de esa manera, un sueño acariciado por tanto tiempo, que de pronto se convertiría en la compensación materias que Dios me tenía reservada.
 
 

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