martes, 19 de febrero de 2013

LA TRILOGIA PATRIOTICA DE LOS QUE LUCHARON POR NUESTRA INDEPENDENCIA SOBERANA


 
Los pueblos se deben a los proto-hombres que de una forma u otra ayudaron a conformarlos tal y como sean hoy dia, aunque muchas veces la realidad actual sobrepuje en mucho o no, la idea concebida por aquellos hombres en aquella época. Cosas del proceso històrico.

Con Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Matias Ramón Mella, a nosotros los dominicanos, nos sucede muy diferente como le acontece a Bolivar, Sucre, San Martìn, Belgrano O`Higins, Josè Martì, Dessalines o Washington en los paìses que lucharon por independizar. A ellos, simple y llanamente las generaciones posteriores, iletradas o no, asì como los historiadores le han atribuido la gloria cimera de la Patria.

Sin dudas. Sin conatos de sospecha. A diferencia, nosotros los dominicanos, no todos sino los estudiosos de nuestra incongruente y arrìtmica historia, de contìnuo tenemos que traer a colaciòn, en laudable y provechosa requisitoria a nuestros proto-hombres, cuestionarlos a la luz de los documentos històricos, buscar allì y allà, desesperados por màs evidencias y claridad.

Eso no debe acomplejarnos. Somos hijos de un paìs conflictivo. De un paìs problematizado...De un paìs, en el que muchas veces las fantasias històricas han surgido a veces del repentino capricho de tiranuelos de turno y si a tiempo, los estudiosos, no toman carta en el asunto tienden a entronizarse, andando las dècadas, en verdades indudables, e intocables, con visos de anatema para el que las toque o cuestione.

Dentro de esa constelaciòn de dias patriòticos hay uno que destella como un sol, madre de todos los demàs. El 27 de Febrero. Punto de arranque...Comienzo...Lìnea de salida...Inauguraciòn...Nacimiento...Principio ..Luz..

El doctor Josè Nùñez de Càceres, sin que se derramara ni una sola gota de sangre y sin que se tuviera que disparar un solo tiro, en 1821, junto a un grupo de notables, declarò oficialmente independiente esta parte de la española con el nombre de Estado libre del Haitì Español, bajo la protecciòn de la Gran Colombiabolivariana.

Apenas dos meses despuès, Boyer, que recièn habìa unificado su paìs con tropas fuertemente entrenadas y àvidas de nuevas aventuras, entrò tranquilamente a conquistarnos. Y lo hizo por la puerta "ancha". tampoco esta vez sonò un solo disparo, y asì, lo que conquistamos con extrema facilidad, se perdiò de igual manera.

Habrian de pasar veintidos largos años. La cita con la gloria forjadora de la Naciòn y patria dominicanas estaba fijada en los arcanos y azares misteriores y hermèticos de la historia para el 27 de febrero del 1844. Y se cumpliò. Y se inmortalizò para nosotros los dominicanos esta fecha que nos compromete, nos obliga y recuerda tantas cosas, que hoy por hoy parecen haber sido, por los mas, herrumbradas en el zafacon del olvido.

Altibajos...Deserciones...Traiciones...Cobardias, entremezclados con heroìsmos, enterezas, sacrificios, martirios cruentos e incruentos, han hecho, de esta Repùblica Dominicana en sus años de vida un amasijo de luces y sombras, de dignidad y de oprobio, de grandeza heròicamente ganada y vilezas vergonzantes.

Es la República Dominicana la abuela de todos los pueblos de América y cuna de nuestra democrática hispanidad, siguiendo la proyección luminosa de Juan Pablo Duarte, nuestra pequeña república antillana se ha esforzado en caracterizar y modelar su propia determinación política y luchando contra las hiedras de la ambición y la locura, se ha mantenido indemne a las asechanzas e incorruptible a los apetitos de las pasiones predictorias puesto especial en el sentido de la admirable hispanidad de sus hijos, ya que tuvo que sufrir durante muchos la interpretación de la doctrina.

La historia registra sucesos que tienen al hombre como único protagonista… La historia nos explica quièn es en realidad el hombre, mejor que todos los tratados de Psicología y Sociología juntos…. La historia es el relato de algo que casi fuè en un momento dado, hace cien, mil años, o màs…Digo que es un relato de algo que casi fue, porque la historia sucede en un supuesto presente, porque el “presente” parece ser que es, y nada màs iluso, en realidad casi no es…El presente no existe realmente; deviene…transcurre…pasa de contìnuo. Si hoy dìa entendemos los libros de historia es porque el hombre sigue siendo su actor principal…Su eje motriz es la misma, si no, nos fuera completamente inteligible…absurda….

¿Cómo comprender la traiciòn de Santana a la patria?....Còmo entender los gobiernos de Bàez…el bandolerismo de Desiderio Arias, la nobleza de espìritu de Francisco J. Peynado? ¿Còmo calar las dictaduras de Lilis o Trujillo?. Si ahora prevalecen esas situaciones, aunque el hecho pasado no se hubiese desencadenado en el discurrir del “hoy” de ayer…si no fuera el mismo hombre, està dicho, el actor y el espectador, serìan nulo el entender. Cada hombre es individuo y es universo….Vibramos con la conciencia del yo, y a la vez sentimos el palpitar todo del cosmos.

Sintetizamos la materia inerte, que ni vive, ni siente. Somos sustancias viva insensitiva, como los àrboles; viva, sensitiva como los animales…y viva racional, como sòlo nosotros mismos. Es un misterio inviolable. Un arcano de profundidades insondables: ¿Quièn entiende el ser todo, y a la vez uno?.... Los hechos històricos, sentimos, nos atañen como si hubiesen sucedido en la sala de casa, frente a nuestras propias narices…Los queremos y los repudiamos….Los aplaudimos y los execramos…Nos identificamos con ellos y los repelemos…Actuan con nosotros como hechos personales…

Aunque el tiempo evapora los hechos, como se evapora el agua hirviendo, y cicatriza las heridas màs hondas, los hechos no dejaràn de ser tales. Podrà no haber rencor, y, prevalecer el borròn y cuenta nueva. No vale, lo que pasò, pasò y no lo borra nada ni nadie. Ni un millòn de bombas atòmicas podràn impedir la caida del Imperio Romano de occidente, ni la conducción de Napoleón a la Isla de Santa Elena, o el ajusticiamiento de Rafael Trujillo frente al mar caribe…

Aunque la historia tiende a repetirse el escarmiento no enraiza tan fácilmente, la razòn es muy sencilla, cuando la historia se repite lo hace en otra generaciòn que queda sorprendida en su buena fè.

Siguiendo la proyecciòn luminosa de Juan Pablo Duarte, nuestra pequeña Repùblica Antillana se ha esforzado en caracterizar y modelar su propia determinaciòn polìtica luchando contra las hiedras de la ambiciòn y la locura, se ha mantendio indemne a las asechanzas e incorruptible a las pasiones preditorias.

De esta suerte, en el amanecer de nuestra jornada emancipadora, la simiente que lanzara al surco de la libertad la mano taumatùrgica del sembrador, no encontrò arraigo para consolidar el estatuto de nuestra incipiente nacionalidad; por lo tanto aunque el ideal se mantenìa erguido, no por esta circunstancia estaba menos expuesto a las influencias contaminadas, fue entonces cuando el Padre de la Patria, para librarlo de todo oprobio y de toda mancha prefiriò, como un predestinado, emprender el azaroso camino del ostracismo.

Ese ideal, el mismo que sintiò en sus primeras vibraciones de la Trinitaria, cabe en el pequeño rectàngulo de la Plazoleta de la Iglesia del Carmen, despuès de recorrer bajo la protecciòn de esa conciencia inflamada en optimismo las playas hòspitas de Venezuela, retornò con un equipaje de gloria vinculado a los inquietos tiempos de su juventud.

Ese mismo ideal, obligado por la patria y al orden racional de sus instituciones, no podìa morir en Duarte porque era una consecuencia orgànica de su sensibilidad, por lo tanto cuando ya estaba vencido por el tiempo, reconcentrò sus ùltimas energìas para lanzarlo a la posteridad, y con tan dinàmica trayectoria que iba como un viador de generaciòn en generaciòn, nutrido en virtudes y buscando un asilo pròcer que pudiera igualarlo en sus afanes de grandeza. Asì despuès de haber errado como un espìritu nòmada por nuestras latitudes cardinales, cayò satisfecho y confiado en los brazos abiertos de aquel anhelado porvenir.

Mas sin embargo este no fue el malogrado porvenir del año 1885, ni a las caòticas jornadas que tiñeron de sangre y colmaron de ruina nuestra conciencia nacional y mucho menos a las otras posteridades que trataron de hacer intransitables el camino de la libertad, que la naturaleza en sus indeclinables actos de renovaciòn le presenta a la sociedad de los pueblos, nada importan las dècadas fratricidas, los expedientes de mala ley, ni los crìmenes de lesa patria si sus fermentaciones espurias pueden herir para estimularnos hacia el bien o para convertir en abono de actitudes que propendan a la mejora y perfeccionamiento del Estado.

Todas las naciones de nuestra Amèrica hispana han sufrido los dolorosos estragos de la tiranìa y todas han ido relacionando, en la medida de sus fuerzas, hacia la buena ruta que le indica la marcha ordenada de la civilizaciòn.

La Repùblica Dominicana, como sus compañeras, ha pasado a lo largo de su existencia, por las alternativas inherentes a los pueblos que no han alcanzado mayoridad: las revoluciones, el peculado, las asonadas tumultuarias y los piquetes fusilares le crearon en pasados siglos una reputaciòn que, doloroso es decirlo aniquilaba nuestras riquezas naturales y nos confundìa en tinieblas.

Juan Pablo Duarte, junto a Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Matias Mella, no hicieron obra inútil al luchar y coronar de brillo la independencia de nuestro suelo patrio, pues le dio vida a un pueblo amante de su libertad y de imprimirle el rumbo que convino a su destino. Los pueblos se deben a los proto-hombres que de una forma u otra ayudaron a conformarlos tal y como sean hoy dìa, aunque muchas veces la realidad actual sobrepuje en mucho o no, la idea concebida por aquellos hombres en aquella època.

A diferencia, nosotros los dominicanos, no todos, sino los estudiosos de nuestra incongruente y arrìtmica historia, de continuo, tenemos que traer a colación, en laudable y provechosa requisitoria a nuestros proto-hombres, cuestionarlos a la luz de los documentos històricos, buscar allì y allà, deseseperados por màs evidencias y claridad.

Eso no debe acomplejarnos. Somos hijos de un paìs conflictivo. De un paìs problematizado. De un paìs, en el que muchas veces las fantasìas històricas han surgido a veces del repentino capricho de tiranejos de turno, y si a tiempo, los estudiosos, no toman cartas en el asunto tienden a entronizarse, andando las dècadas, en verdades indudables e intocables, con visos de anatema para el que las toque o cuestione…Altibajos, deserciones, traiciones, cobardìas, entremezclados con heroísmos, enterezas, sacrificios, martirios, cruentos e incruentos, han hecho, de esta Repùblica Dominicana en sus años de vida un amasijo de luces y sombras, de dignidad y de oprobio, de grandeza heroìcamente ganada y vilezas vergonzantes.

Como nación hemos sido fruto de un designio milagroso. Si volvemos la vista a las páginas de la historia vieja, 1840, 1830, 1822…en ella veríamos un triste conglomerado paralizado, inerme, confundido, sin tradición, sin conciencia de su valía, cerrados todos los caminos, entrampados en la telaraña de la desgracia…y sin embargo, con Duarte a la cabeza los Trinitarios Francisco del Rosario Sanchez y Matias Ramón Mella fueron capaces de encender y avivar una llama, una flama, una hoguera, un incendio trepidante y luminoso. Con sus manchas como el sol, pero luminoso y ardiente, que es nuestra nación dominicana, de la que debemos enorgullecernos y tratar de mejorar

 

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